Según Gore Vidal, cuando un amigo triunfa, algo se muere dentro de uno. Habla de los celos, claro. Y de las envidias profesionales.
A un amigo mío le acaban de conceder el Premio Nacional de Cómic y yo me he alegrado como un cabrón. Eso me preocupa. Si no he sentido envidia o celos; si no he encontrado ninguna razón oculta y apestosa para que se lo hayan dado, a lo mejor es que no soy un buen amigo. He pasado una noche de perros pensando en todo esto. He estado dándole vueltas y sintiéndome culpable por no sentir nada malo al respecto; por no ser capaz de poner en mi lista negra al bueno de Tomeu.
Esta mañana, mientras me tomaba mis Corn Flakes con whisky, he reparado en que hace ya años que desterré de mi personalidad los celos y las envidias y que, en realidad, no tengo ninguna lista negra. Hace tiempo ya que comprendí que los triunfos de los demás no son los fracasos de uno. A eso se le llama madurar. Y está muy bien, aunque dé un poco de grima. Pero, mientras me acababa mis Corn Flakes con whisky, he pensado en Tomeu. Me he dado cuenta de que de todos los profesionales que he conocido a lo largo de mi desastrosa carrera, es por el único por el que siento un verdadero afecto. Así que, finalmente, he decidido que si alguien de verdad se merece que sienta celos y envidias mal sanas, ese es Tomeu.
Ahora estoy más tranquilo. Pasaré el resto del día pensando en razones oscuras y apestosas para que le hayan dado el Nacional de Cómic a Seguí. Pensaré que su triunfo es mi fracaso. Y, por supuesto, enterraré eso que se acaba de morir dentro de mí. Porque Tomeu se merece todo eso y más.
























